Después de un mes y medio, por fin me dejaron salir de las lavanderías. Durante esos días, para mi sorpresa, la curandera anciana fue a verme un par de veces. Nunca decía mucho —solo revisaba mis manos, mi espalda y mis muñecas con ese gesto áspero que tenía—, pero aun así era extraño que se tomara la molestia de buscarme. Pensé que quizá era gracias al beta Rod; después de todo, él era el único que parecía tener algún interés en que yo no terminara rota del todo. No sabía si debía agradecerlo