El dolor en mi espalda era un recordatorio constante de mi lugar. Yacía boca abajo en el jergón, cada latigazo convertido en una brasa viva bajo la piel, cuando los pasos de Aztrid resonaron en la habitación. Su sola presencia enturbió el aire.
—Mira cómo terminaste —susurró, su voz cargada de ese veneno tan familiar—. Todo por arrastrarte tras un humano que ni siquiera puede defenderse.
Abrí los ojos con esfuerzo. Estaba de pie, desafiante, preparándose para su exilio temporal en la montaña.
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