El eco de mis propias palabras, vacías y edulcoradas para esa asamblea de hienas, aún resonaba en mis oídos.
“Contento de estar aquí... daré todo de mí...”
Mentiras. Todo eran malditas mentiras. Cada sonrisa forzada había estirado los moretones de mi rostro como un recordatorio de la verdadera bienvenida que me habían dado.
Mientras la multitud se dispersaba, con miradas que evitaban encontrarse con las mías o que lo hacían con un desprecio apenas disimulado, busqué a Azura. Había captado su mi