MARIANA
—Los días son noches y las noches son penumbras eternas; a veces siento que perdí hasta el puesto de perdedora. Es que si no fuera por mis hijos, te juro que me acostaría en el suelo a podrirme.
—Mariana, no digas eso, debes ser fuerte, eres una guerrera. Además, estás aquí en esta mansión rodeada de sirvientes; por fortuna accediste a venir aquí y dejar tu humilde hogar.
—Eso te lo agradezco mucho, Sheila, es que no tengo cómo pagarte.
—Tranquila, es lo menos que yo podía hacer; son lo