Alberto
La prisión ardía como si el infierno hubiera firmado un contrato con el concreto. Las llamas no solo lamían los muros: los devoraban con hambre antigua, como si quisieran borrar cada historia escrita en sus pasillos. El humo se arrastraba como una serpiente ciega, buscando pulmones que asfixiar, memorias que borrar.
Alberto y Juan corrían, transformados en lobos, buscando una salida. Sus cuerpos cubiertos de pelaje negro y gris, sus ojos brillando como carbones encendidos. El calor era