ALBERTO
—¿Qué haces?
—¡Está vivo! —Un niño salió corriendo, soltando el reloj de Alberto.
Alberto levantó la cabeza sacudiéndose una gruesa capa de polvo escarlata y observó a Renata, quien se encontraba con los ojos y la boca abierta. Tenía los dientes inferiores enterrados en el fango. Él estiró con dificultad la mano y susurró: —Amor, amor, despierta.
Ella se sacudió y una voz ronca gritó: “¿No puede ser posible? La bella mujer está con vida y yo me la pedí de primeras”.
Otra dijo: “No impor