Como el soplido del viento que arranca las hojas de los árboles cuando llega el otoño, así pasaron los días. Los lobos no pudieron comprar una isla, pero adquirieron un enorme terreno en la selva del Carare; Mariana aceptó acompañarlos para ayudar con el desarrollo de sus hijos.
Todos los días Alberto la observaba desde lejos, con el corazón encogido; había preparado el discurso mil veces, pero cuando la tenía cerca, todo se le desmoronaba, pero este encuentro sería diferente.
—Mariana —dijo, a