Mariana
La noche cambió en un segundo; la brisa empezó a resoplar y el cielo a iluminarse por unos segundos, al compás de la llovizna que pronto se multiplicó en una gruesa lluvia que castigaba las viejas tejas de zinc.
—La verdad es que no quiero retornar al resguardo.
—Mi niña, te vuelvo a repetir, es por tu seguridad y la de tus hijos; os aseguro que no le voy a hacer nada, no me sobrepasaré, a menos que su merced lo deseara.
—Cacique, se lo agradezco, pero ya no, sé que ya no hay riesgos; e