MARIANA Y ALBERTO—Mariana, por favor, no te duermas, si lo haces tal vez no puedas despertar jamás—. Alberto la cargaba en la espalda, asegurándola con un brazo a la vez que intentaba correr por un solitario callejón, pero sus heridas se lo impedían, además de que se estaba debilitando por la pérdida de sangre.—Amor, lo sé, pero si me mantengo despierta, me transformaré en una de esas bestias. No tengo muchas opciones, además de que siento los párpados muy pesados, cuando los cierro, unas cosquillas recorren mi cuerpo, me invitan a dormir.—Espera mi luna, aguanta, pronto llegaremos a donde el médico de mi padre.—Alberto, mi amado alfa, por favor, déjame aquí, no llegaremos muy lejos, no puedes correr muy rápido cargándome en tu espalda, mejor vete y sálvate, debes estar muy herido, esos jaguares te mordieron en varias partes, puedo oler tu sangre y eso que solo soy una humana, bueno por el momento.— Eso no va a suceder, mi adorada Mate, no te volveré a abandonar, he jurado que si
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