Pasaron meses muy complejos y amargos; Mariana y Alberto vivían entre el odio y el amor, se besaban con furia, se gritaban con ternura, mientras los niños crecían rápido, aprendían a transformarse, a cazar y a meditar. El tiempo del embarazo fue difícil y el parto peor, aunque superado por la irritabilidad de la dieta que se prolongó por los siguientes meses, transformando el ambiente celestial del matrimonio en un infierno inaguantable.
Alberto empezó a sentirse viejo, cansado y muy frustrado.