MARIANA
Todos continuaron en silencio; la atmósfera era opresiva y el aroma a pescado se intensificaba. De repente, llegaron a un sitio lleno de oro y joyas, un tesoro que brillaba con luz propia.
—¡Mira esto, Alberto! —exclamó Mariana, maravillada por el resplandor de las riquezas.
—Aléjense todos, este es mi tesoro; el que lo toque, lo asesino. Váyanse o lo lamentarán; lo he buscado por años, desde que una vez llegué aquí por error y ahora nunca más me voy a desprender de él—; El andariego bl