MARIANA
—Suéltalo, Alberto, no te rebajes con un anciano senil; es que la culpa es de nosotros por creerles, de verdad fuimos unos ingenuos.
—De acuerdo, mi Mariana, es que esta lúgubre caverna de paredes cambiantes y de formas extrañas, sumado a este aroma a pescado que me impregna, ya me tiene desesperado. Él soltó al anciano y se acercó a su novia, encontrándose con un muro invisible aún más duro que en donde se encontraban encerrados. Ella lo detuvo, diciéndole: —No se me acerque, el hecho