ALBERTO
—¿Ya acabaron de liberar a todos?
—Ya, sí, señor, terminamos de romper los capullos, aunque algunos todavía siguen en trance.
—¿Cómo se encuentra mi padre?
—Estoy bien, ¿y tú, Alberto? Al juzgar por tu apariencia, la pasaste bien; venciste a estos bichos.
—Yo no lo hice, fue Simón, Ligia y el samurái.
—O sea que estás lleno de esa pestilente sangre por adornarte.
—Padre, por cierto, aunque ese enemigo al parecer murió, Simón mencionó que esos restos no son del verdadero, es como una esp