El camino al aeropuerto se hizo eterno, a pesar de que Iván conducía más veloz de lo usual. Me mordía las uñas sin parar. La ciudad desfilaba tras la ventana como si todo fuera un simple destello. El silencio solo lo rompía él, sus nudillos lucían blancos por la presión ejercida al volante.
—Perdóname, Fel, de verdad. No debí dejarte sola en el club, fui un imbécil, yo debía estar ahí…
Era la enésima disculpa, casi calcada a las anteriores y no podía importarme menos.
No lo escuchaba. O no quer