Nos separamos para recuperar el aliento. Nuestras frentes se encontraron; los dos jadeábamos. Yo cerré los ojos, mareada por la intensidad, y supe que no había vuelta atrás.
Su mano viajó a mi espalda baja, intentando guiarme. No lo dejé. Tomé aire, como quien se prepara para saltar al vacío, y me impulsé sobre su regazo, a horcajadas.
Él gimió apenas al sentirme presionarlo, y yo sonreí con malicia contra su boca.
—¿Estás segura de esto? —murmuró con voz grave, temblorosa.
Mi respuesta fue sac