Hasta donde sé, nunca hablamos de exclusividad.
Las palabras de Felicia se repetían en mi cabeza como un eco maldito, taladrándome el cerebro sin concederme tregua.
Por suerte seguía en el hospital. Siempre podía conseguir a alguien para despejar la mente.
Francia estaba prácticamente sobre mí desde que entramos a la oficina. Hicimos malabares para asegurar la puerta con ella aferrada a mis caderas como un koala ardiente. Devoré su boca con desesperación, con la necesidad urgente de desconectar