Eres un problema

Hasta donde sé, nunca hablamos de exclusividad.

Las palabras de Felicia se repetían en mi cabeza como un eco maldito, taladrándome el cerebro sin concederme tregua.

Por suerte seguía en el hospital. Siempre podía conseguir a alguien para despejar la mente.

Francia estaba prácticamente sobre mí desde que entramos a la oficina. Hicimos malabares para asegurar la puerta con ella aferrada a mis caderas como un koala ardiente. Devoré su boca con desesperación, con la necesidad urgente de desconectarme del mundo y perderme en su cuerpo.

La guié hasta el pequeño sofá; esa tarde sería testigo de algo muy distinto a entrevistas con pacientes y familiares. Mis manos recorrieron su cuerpo sin restricciones, memorizando cada curva de su exquisita anatomía. Las suyas hicieron lo mismo… hasta que aterrizaron en mi entrepierna y, de golpe, todo se detuvo.

—Espera… ¿Y esto? —preguntó, sorprendida, con la respiración agitada.

Tardé un segundo en entenderlo. El deseo estaba ahí, claro, pero algo no fun
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