—Bonita, ¿te dormiste? —murmuró Kevin. Apenas respondí con un pequeño quejido. Él rio bajo—. No creas que quiero separarme de ti, pero mis piernas se entumieron.
La calma y el alivio se habían mezclado de tal forma dentro de mí que perdí la noción del tiempo, el espacio o el lugar. Seguíamos en la alfombra, yo a horcajadas sobre él, que reposaba sentado sobre sus talones. Reí bajo al darme cuenta de la situación, pero igual contraataqué.
—¿Dices que estoy gorda?
—¿Qué? ¡No! Solo que estoy dobla