Pasamos la noche juntos, aunque apenas cruzamos palabras. Reposé mi cabeza en su pecho y los latidos de su corazón acabaron por serenarme hasta dormirnos.
Despertar junto a él, luego de todo lo que pasó el día anterior, se sintió extraño, pero no de mala forma. Su brazo aún envolvía mi espalda baja con firmeza. Lo contemplé un rato en silencio, estudiando sus facciones tan atractivas y simétricas que parecían talladas por ángeles. Era un maldito engreído, pero tenía todo en su lugar para serlo.