La sala de interrogatorio olía a desinfectante barato y café viejo. Noah estaba sentado en una silla metálica, con las manos esposadas sobre la mesa, mirando la superficie rayada sin realmente verla.
Llevaba la misma ropa del tiroteo: manchada de sangre seca —sangre de Nico— rasgada en los codos, impregnada de polvo y sudor que se había enfriado contra su piel hasta volverse pegajoso.
No había dormido. No había comido. Solo había esperado en silencio mientras su mente repetía la misma escena un