La celda de Regina Coeli olía a desinfectante industrial y a desesperación acumulada. Alessandro había dormido apenas dos horas, acosado por pesadillas que se repetían en bucle: Valeria testificando y desapareciendo entre sombras, Biagio sonriendo desde el estrado con esa sonrisa de depredador satisfecho, Nico muriendo una y otra vez, la sangre expandiéndose sobre concreto frío.
Se levantó con rigidez dolorosa en la espalda, cada vértebra protestando como si hubiera envejecido años en semanas.