La camioneta de Amirah atravesó las calles vacías con velocidad controlada. Valeria iba en el asiento trasero, encogida contra la puerta, con las manos entrelazadas sobre el regazo para evitar que temblaran. No funcionaba. Todo su cuerpo vibraba con una tensión que no podía controlar.
Cada vez que cerraba los ojos veía la misma secuencia en loop: el almacén iluminado por las luces de las patrullas, los disparos resonando en el aire nocturno.
—¿Está vivo? —preguntó con voz áspera, casi irreconoc