Noah la vio antes de que cruzara la puerta principal del edificio.
—¡Valeria! — su voz le salió ronca, casi quebrada, pero ella no volteó.
Corrió tras ella y la alcanzó en la acera. Le sujetó el brazo con fuerza contenida, como si soltarla significara perderla del todo.
—Por favor… escúchame.
Valeria cerró los ojos un instante. La garganta se le apretó. Si lo miraba de frente, se partía en mil pedazos.
—Suéltame. —Se secó la lágrima con la mano temblorosa, la piel ardiéndole—. No quiero escucha