Noah se quedó helado. El aire pareció atascarse en su garganta. Sus labios se entreabrieron apenas, pero no salió palabra.
Lo sabía —repitió Angélica, con esa sonrisa ladeada que cortaba más que cualquier palabra.
—No sé de qué hablas —murmuró al fin, con un tono bajo, áspero. Se obligó a dar media vuelta hacia la mesa, como si la conversación no tuviera importancia.
Pero ella no dejó de mirarlo. Lo rodeó despacio, como una cazadora segura de su presa, hasta sentarse frente a él. Sus ojos lo d