Noah sintió cómo la garganta se le secaba, como si cada palabra de ella absorbiera la poca calma que aún le quedaba. El pulso le martilleó en las sienes y apretó un puño contra la mesa con un golpe leve y contenido que hizo vibrar la taza, traicionando su control.
—¿Qué es lo que quieres, maldición? —repitió, esta vez sin disfraz de arrogancia, solo con un quiebre en su paciencia que delató más de lo que hubiera querido.
Angélica lo observó con un deleite cruel.
—Quiero lo que siempre me ha cor