La madrugada había sido extrañamente silenciosa.
Ni el canto de los búhos, ni el crujir de los árboles. Solo el zumbido leve de una energía nueva que parecía despertar dentro de Ailén desde aquella noche.
Despertó sola en la cama. Kaor ya no estaba.
Se envolvió en su manta y bajó descalza al salón. La chimenea estaba apagada, pero el aire no estaba frío. Había algo... tibio. Como si la misma casa la estuviera esperando.
Sobre la mesa del rincón, donde guardaba los libros polvorientos de su abue