El frío no provenía del aire.
Era un frío que nacía en el centro de su pecho y se extendía como un veneno lento por cada vena. Ailén lo sentía recorrerla, gota a gota, como si el ser dentro de ella hubiese decidido reclamar más espacio, probar los límites de su resistencia.
Kael caminaba a su lado, la mano firme en la empuñadura de su espada, los ojos barrían la espesura del bosque en busca de amenazas visibles. Lo que él no sabía —lo que no podía saber— era que la verdadera batalla estaba ocur