La noche cayó sobre el campamento como una sombra espesa, cubriendo el mundo con un silencio expectante. Las hogueras crepitaban, lanzando chispas al aire, pero el calor no lograba disipar la tensión que se respiraba. Ailén estaba sentada en un extremo, abrazando sus rodillas, con la mirada fija en el fuego, aunque su mente estaba a kilómetros de distancia.
Las voces de los demás, que discutían los últimos hallazgos, le llegaban como un murmullo lejano. Habían encontrado fragmentos de pergamino