El silencio que siguiĂł al Ășltimo ataque era tan denso que parecĂa aplastar el aire. No habĂa cantos de aves, ni susurros del viento entre las hojas; hasta las sombras se mantenĂan inmĂłviles, como si temieran moverse.
AilĂ©n permanecĂa de pie en medio de la plaza arrasada, con las piernas rĂgidas y la respiraciĂłn entrecortada. SentĂa un calor extraño recorrerle las venas, un pulso profundo que no pertenecĂa a su corazĂłn. Sus manos todavĂa vibraban con la energĂa que habĂa liberado segundos atrĂĄs