La noche se había convertido en una prisión de sombras. El silencio no era vacío; estaba cargado, como si cada rincón del aire guardara un susurro de advertencia. Ella se abrazaba a sí misma, sintiendo cómo aquel poder que llevaba dentro latía con fuerza, casi como si tuviera vida propia. No eran simples impulsos… eran órdenes, llamadas que no provenían de su voluntad.
Su respiración se aceleraba.
Cada paso que daba resonaba como un golpe hueco en la vasta sala del santuario. Las paredes, cubie