El silencio de las ruinas era engañoso. El viento silbaba entre las grietas de los muros, levantando polvo y escombros. Eva abrazó la carpeta, sintiendo cómo el miedo y el deseo se mezclaban aún en su piel, recordando la intensidad de Luca. Pero la sombra que habían visto arriba de la torre pesaba más que cualquier caricia.
Marina apretaba la mano de Santiago, que deliraba en sueños.
—Era él… estoy segura —susurró—. Mateo vino a buscarnos.
Luca negó con la cabeza, su voz seca como el desierto.