El galope disminuyó hasta que los caballos apenas caminaban. El desierto, inmenso y silencioso, parecía tragarse el eco de la batalla que habían dejado atrás. La luna seguía alta, bañando de plata las dunas.
Eva respiraba con dificultad, aferrando la carpeta como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Miraba una y otra vez hacia atrás, esperando ver a Mateo surgir de entre las sombras. Pero no aparecía.
—Tiene que estar cerca —dijo Marina, la voz rota por el cansancio—. No pudo haberse que