La polvareda levantada por las camionetas aún flotaba en el aire cuando los hombres descendieron. Llevaban rifles oxidados, uniformes disparejos y miradas duras, curtidas por el desierto. No eran soldados regulares, eso estaba claro; parecían más bien campesinos armados que habían decidido tomar justicia por su cuenta.
Uno de ellos, el de mayor edad, levantó la voz:
—¡Estamos hartos de que ese demonio controle nuestras tierras! Si están contra él, entonces están con nosotros.
Luca apuntó su arm