El sol del mediodía caía como plomo derretido sobre sus espaldas. Cada respiración ardía en los pulmones, cada paso era un suplicio. El desierto parecía interminable, una planicie hostil que no ofrecía ni sombra ni agua.
Eva apenas podía sostener la carpeta. Sus brazos temblaban, pero no la soltaba. Luca la miraba de reojo, preocupado por el ritmo que llevaba. Marina, aunque había pasado la alambrada, apenas podía mantenerse en pie. Santiago trataba de ayudarla, cargando parte de su peso, mient