Hacía exactamente treinta y siete semanas que Rafaela estaba embarazada. Como estaba casi al final de la gestación, había entrado en vacaciones. Aunque no quisiera, tuvo que aceptarlo al oír la justificación del marido de que ese era uno de los beneficios de haberse convertido en su esposa.
Era viernes y aprovechó que Kate estaba desocupada para hablar con ella por teléfono.
—¿Cómo están las cosas en Brasil? —preguntó.
—¿Cómo puedo resumir mi estadía aquí? —decía Kate. —La gente es cálida y comu