La cena se celebraba en un antiguo palacete restaurado en el centro de la ciudad, donde el arte colgaba de las paredes como si respirara. Candelabros de hierro forjado lanzaban destellos dorados sobre los manteles de lino, mientras el vino fluía con la misma generosidad que las conversaciones afiladas.
Elena llegó tarde, como siempre. No por capricho, sino por cálculo. Entrar cuando todos ya estaban acomodados le daba la ventaja de captar cada mirada, cada reacción. Sabía que era hermosa, pero