El aire fresco del campo todavía impregnaba la piel de Isolde cuando abrió los ojos aquella mañana. El canto de los pájaros era un recordatorio cruel de que estaba lejos de la ciudad, lejos de los muros que solía levantar a su alrededor y de la máscara que tanto la protegía. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió rodeada de caos ni de sombras.
Se giró con lentitud, y allí estaba é, Dorian, durmiendo a su lado, con el cabello revuelto y una expresión de paz que rara vez mostraba cuando es