LUCA
Me acerqué un poco más, observando a Dante con detenimiento. Su rostro, aunque golpeado y vendado, era inconfundible. No cabía duda: era él.
—Tenemos que sacarlo de aquí antes de que despierte —murmuré a Alan—. Si se dan cuenta de quienes somos y quién nos mandó, los guardias no tardaran en responder.
—¿Y cómo demonios planeas sacarlo? —preguntó Alan, su voz teñida de frustración—. Este lugar está más vigilado que una cárcel de máxima seguridad.
—Primero, necesitamos ganar tiempo. Vamos a