LUCA
El amanecer llegó sin que pudiera pegar los ojos. La noche fue larga, pesada y cargada de pensamientos que no me daban tregua. Alan dormía, o al menos lo intentaba, acostado en el sofá con una manta hasta el cuello y el cuchillo todavía en su mano, como si eso pudiera protegerlo de lo inevitable.
Yo no dormí. No podía.
Mi mente seguía encadenada a ella. A su rostro. A su voz. A ese último abrazo que me pareció demasiado corto para lo que venía. Anya no era solo una obsesión o una debilidad