ANYA
El hombre de manos callosas me arrastra por el pasillo del yate; mientras el otro camina detrás de mí, como si esperara que hiciera algo estúpido… como si pudiera.
Las paredes pulidas reflejan mi figura desencajada como un espejo deformante. De pronto, uno de ellos —el más corpulento, con cicatrices que le serpentean por los nudillos— se detiene delante de mí, quedando de frente.
Mis ojos se abren con sorpresa cuando sus manos van a mis muñecas y las libera. Mi cerebro apenas logra procesar