Lucia
El despertar es suave, casi irreal. La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas de gasa, dibujando arabescos pálidos sobre las sábanas aún cálidas de nuestros cuerpos. Siento el calor de su brazo alrededor de mi cintura, el ritmo tranquilo de su respiración contra mi nuca. Mi primer reflejo es cerrar los ojos con más fuerza, para prolongar este momento de paz que ya me parece frágil, como un sueño a punto de romperse.
Me muevo apenas, pero él aprieta su abrazo, y su murmullo grave resbala contra mi piel:
— Buenos días...
Su voz aún está cargada de sueño, áspera y tierna a la vez. Giro ligeramente la cabeza, y su mirada me atrapa. Sonríe, con una sonrisa lenta, serena, casi inocente. Y esa sonrisa... me hace estremecer. Porque nada, en este rostro relajado, deja entrever de lo que es capaz. Nada traiciona la sombra que planea tras esa dulzura. Y, sin embargo, lo sé.
Se incorpora, pasa una mano por su cabello desordenado, me observa como si yo fuera lo único importante