Lucia
El chofer ya los estaba esperando, con un traje oscuro y una postura impecable. Todo estaba milimetrado: en cuanto pisamos la pista, el coche arranca sin una palabra, alejándonos del jet privado y del aeropuerto como si no existiera nada a nuestro alrededor. El mundo exterior desaparece tras las ventanas tintadas, tragado por el suave ronroneo del motor. En este impecable habitáculo donde todo huele a cuero y lujo discreto, me siento de nuevo encerrada en su universo, una jaula dorada donde cada detalle obedece a sus reglas.
Él está sentado a mi lado, con el teléfono en la mano. No habla. Sus rasgos se han endurecido, y su mirada está fija en la pantalla con una concentración gélida. Nada en su rostro traiciona al hombre que me sostuvo en sus brazos unas horas antes. Es otro hombre, un depredador en plena caza, un general estudiando un mapa de batalla. Lo observo discretamente, fascinada a pesar de mí misma por este cambio tan brutal: ha pasado de ser el amante tierno y protecto