Lucia
El chofer ya los estaba esperando, con un traje oscuro y una postura impecable. Todo estaba milimetrado: en cuanto pisamos la pista, el coche arranca sin una palabra, alejándonos del jet privado y del aeropuerto como si no existiera nada a nuestro alrededor. El mundo exterior desaparece tras las ventanas tintadas, tragado por el suave ronroneo del motor. En este impecable habitáculo donde todo huele a cuero y lujo discreto, me siento de nuevo encerrada en su universo, una jaula dorada don