Lucia
Me quedé allí, la espalda pegada a la pared, la sábana húmeda adherida a mi piel como una segunda vergüenza, mis dedos crispados sobre ese tejido ridículo que no oculta nada, todo en mí latía demasiado fuerte, pulsaba bajo mi pecho, gritaba en un silencio más pesado que todos los aullidos, un silencio que despoja más rápido que una mano, que expone, que consume, un silencio que me da vergüenza.
Desearía que se fuera, que desapareciera, que se apagara frente a mí como una llama que se