Clara
No dice nada, pero todo su cuerpo habla, me contempla como a algo raro, como a una ofrenda arrancada al rechazo y, sin embargo, deseada. Veo en sus ojos la punzada de la duda y la cruda certeza. Estoy aquí, expuesta, tensa, jadeante y quisiera huir, de nuevo, pero mis brazos lo abrazan.
— Dices que no… pero te quedas —murmura, su boca tan cerca de mi oído que me estremezco.
— Déjame…
— Mírame, Lucía.
Cierro los ojos con más fuerza, no quiero, no puedo, pero sus manos ya se deslizan por mi