Lucia
Dos minutos.
No más.
El silencio aún no había tenido tiempo de asentarse completamente en mis nervios, aún no había tenido tiempo de convertirse en refugio o peso muerto, cuando regresó, como una ráfaga contenida, una decisión fría vestida con piel de hombre, un paso tras otro, sin choque, sin furia aparente, pero con esa determinación muda que da más miedo que los gritos.
Lo escucho antes de verlo, o tal vez lo intuyo, por ese desplazamiento de aire, por esa tensión en el espacio que se