Michèle
Ella ha subido.
Me miró a los ojos, y ha subido.
Y yo, me quedé allí. Solo, como un idiota.
No me moví. Ni siquiera para recuperar el aliento.
No hay nada más violento que un silencio que sabe.
Y el suyo, Lucia, esta noche, sabía
todo.
Quise hablar, decir algo.
Pero sabía que ya no tenía las palabras.
Y que si aún las tuviera, no servirían de nada.
Me quedé sentado allí, en esta cocina que huele a pan tibio y al final de todo.
La escuché subir las escaleras, paso