Lucia
El avión despega.
Y no me muevo.
Estoy atada al asiento como uno se aferra a una decisión que aún no comprende del todo.
No he dicho nada desde el aeropuerto.
No he mirado a Michèle.
No he hecho preguntas a los dos guardias que nos han escoltado hasta la cabina privada, sin una palabra, sin una mirada.
Dos siluetas.
Armas visibles. Rostros serios.
Ellos obedecen.
Como yo.
Los observo apenas.
No les tengo miedo.
Son solo el decorado de este teatro que conozco dema