Michel
Están ahí.
Alineados en sus sillones de cuero, formando un arco perfecto alrededor del escritorio central, como los pilares de un altar profano que, sin querer, habría despertado a los dioses dormidos.
El escritorio es vasto, solemne, cargado de memoria y secretos. Tiene la resonancia de una catedral privada, pero el olor de un mausoleo: el de la madera encerada, del tabaco frío y del cuero antiguo. Las maderas en las paredes son gruesas, oscuras, cubiertas de vetas rojas que parecen cho