Michel
Sabía que ella se negaría.
Lo había adivinado desde el instante en que Emil me había contado su mirada, su tono, sus palabras. Esa manera de hablar con calma, de imponer su silencio como otros disparan una bala. Lucia ya no era esa mujer perdida que yo había recogido. Había vuelto a ser el arma dormida que yo había, en otro tiempo, rozado con la yema de los dedos.
Giré lentamente el cuchillo entre mis falanges, sentado en la habitación contigua a mi oficina. Los hombres hablaban en voz