Michel
No la veo irse.
La escucho.
Sus pasos sobre el gravilla.
El chirrido de la reja, lento, como un último suspiro.
Luego... nada más.
Un vacío.
Cortante.
Irreversible.
No golpeo la puerta de la habitación detrás de mí.
La cierro suavemente.
Como se cierra un ataúd.
Con esa lentitud sagrada que se concede a los muertos a quienes no tenemos derecho a llorar.
Y Lucia acaba de morir una segunda vez.
No para el mundo.
Para mí.
Sigo allí.
Inmóvil.
En este silencio que creía haber construido para