Lucia
Lo miré fijamente. Ya no era un rey. No era un depredador. Solo era un hombre. Roto. A imagen de la que había dejado atrás.
Pero eso no cambiaba nada.
Me levanté. La silla chirrió débilmente detrás de mí.
— Entonces habla, Michel. Porque cada uno de los fragmentos que me confíes, los plantaré en tu memoria, hasta que desgasten tu conciencia de tal manera que no sobrevivas.
Y salí de la habitación, la taza aún caliente entre mis dedos.
La guerra acababa de comenzar.
No una guerra de balas